El Mundial nació como nacen las startups: con incertidumbre

A contar de este jueves, todo el mundo volverá a detenerse por un mes. Otra vez habrá conversaciones en la oficina, partidos a media jornada, cábalas, favoritos, sorpresas y esa sensación única del Mundial: por unos días, todos estamos mirando lo mismo, aunque Chile no participe ni exista la efervescencia de antaño por lo mismo.
La próxima Copa del Mundo comenzará el 11 de junio y se jugará en Canadá, México y Estados Unidos, en la edición más grande de la historia. Pero antes de ser el evento global que conocemos hoy, el Mundial fue apenas una idea. Y no una idea obvia. Fue una apuesta.
A veces se nos olvida porque miramos el presente con los ojos del resultado. Hoy parece evidente que el fútbol tiene que tener una Copa del Mundo. Parece evidente que millones de personas seguirán a sus selecciones, que las marcas querrán estar ahí, que los estadios se llenarán (al menos en los partidos interesantes), que los países organizarán sus calendarios en torno a los partidos y que incluso eso impacte en la vida política y social de más de alguna nación.
Pero hace un centenar de años, en los años 20, esa certeza no existía. El fútbol internacional giraba principalmente en torno a los Juegos Olímpicos. La idea de crear un torneo propio, independiente, capaz de reunir a selecciones de distintos continentes, requería algo más que organización: requería visión. Requería imaginar una industria, una cultura y una comunidad antes de que existieran. Abrir un mercado inexistente, como se habla en la jerga startupera.
Ahí aparece Jules Rimet
Rimet fue presidente de la FIFA entre 1921 y 1954, y es reconocido por la propia FIFA como una de las figuras clave en la creación de la Copa del Mundo. Su impulso venía, en parte, del éxito que había tenido el fútbol en los Juegos Olímpicos, pero también de una convicción más profunda: que el deporte podía acercar países, culturas y personas.
Esa mirada es interesante porque no nace desde el cálculo inmediato. No se trataba solo de organizar un campeonato, se trataba de construir algo que todavía no tenía forma definitiva. Algo que necesitaba tiempo, confianza, insistencia y comunidad.
El 28 de mayo de 1928, el Congreso de la FIFA creó oficialmente un nuevo torneo: la Copa del Mundo. Pasaron dos años —ya en 1930— para que se jugara la primera edición en Uruguay. Participaron apenas 13 selecciones. Solo cuatro países europeos hicieron el viaje en barco a Sudamérica. Nada que ver con la maquinaria global y publicitaria que hoy conocemos.

Y ahí empezó todo
Chile también fue parte de ese primer capítulo. Nuestra selección estuvo entre los 13 países que jugaron el Mundial de 1930 y debutó ganándole 3-0 a México. Fue apenas el primer paso.
Una startup no parte pareciendo una gran empresa. Parte con una hipótesis, con un equipo, con una tecnología, con un problema que resolver, con una oportunidad que todavía no todos ven. Parte con dudas, iteraciones, conversaciones difíciles, tropiezos, primeras ventas, primeros usuarios, primeras personas que creen.
Y quizás ahí está la conexión más potente entre Jules Rimet, el Mundial y el mundo de las startups: las grandes historias necesitan personas capaces de mirar antes que el resto.
Rimet no vio solo partidos. Vio algo global. No vio solo selecciones compitiendo. Vio países encontrándose,movilizándose por un objetivo. No vio solo una copa. Vio una historia que podía repetirse cada cuatro años y crecer con cada generación.
Esa capacidad de imaginar futuro antes de que sea evidente es también una de las claves de invertir en startups. Porque invertir en una empresa emergente no es entrar cuando todo está resuelto. Es entrar cuando todavía hay riesgo, cuando el modelo se está consolidando, cuando el equipo está empujando, cuando el mercado recién empieza a abrirse.
En otras palabras, es creer antes de que la foto esté completa. Por eso, muchas veces las mejores oportunidades no se ven como oportunidades obvias al principio. Se ven como preguntas. Pasó con algunas startups Brootadas. ¿Y si esta solución cambia una industria? ¿Y si este equipo logra escalar? ¿Y si este problema es más grande de lo que parece? ¿Y si esta empresa —que hoy está empezando— termina siendo parte importante del futuro?
Un ejemplo que grafica esto a nivel mundial es Revolut, startup que hoy ya opera como banco en Reino Unido y se ha convertido en uno de los grandes nombres de la tecnología financiera global, no partió como el gigante que vemos hoy. En 2016, apenas un año después de su lanzamiento, abrió una ronda en Crowdcube —una plataforma británica de inversión colectiva en startups, similar en espíritu a Broota— y 433 personas invirtieron poco más de £1 millón en una compañía que todavía estaba lejos de ser evidente. En ese momento, Revolut era una fintech joven intentando resolver una fricción muy concreta: mover dinero entre países de manera más simple, rápida y barata.
Casi una década después, la empresa fue valorizada en US$75.000 millones y algunos de esos primeros inversionistas han podido acceder a ventas secundarias de sus acciones. No es la regla, ni elimina el riesgo propio de invertir en startups, pero muestra algo poderoso: a veces, las grandes compañías necesitaron personas dispuestas a creer cuando todavía eran un MVP o algo muy en vías de.
Algo parecido debió haber existido detrás de la primera Copa del Mundo. En 1930 no había garantías. Había viajes larguísimos, costos altos, incertidumbre, diferencias entre países, problemas logísticos y un torneo que todavía no tenía historia. Pero hubo quienes decidieron subirse igual.
Hoy, casi 100 años después, el Mundial de la FIFA genera más de USD 10.900 millones en ingresos directos. Detrás de esa cifra existe una industria gigantesca que abarca derechos de transmisión, auspicios, turismo, infraestructura, merchandising y premios para las selecciones. Su impacto económico en los países anfitriones puede superar los USD 80.000 millones.

Y construir no es lo mismo que mirar desde afuera
Construir implica tomar posición. Implica participar cuando todavía hay camino por recorrer. Implica aceptar que el futuro no aparece terminado, sino que se va formando con quienes se atreven a empujarlo.
En Chile conocemos bien esa sensación. Somos un país que muchas veces mira las grandes tendencias desde lejos, pero que también ha demostrado que puede ser parte de ellas desde temprano. Lo vimos en el fútbol, estando en el primer Mundial. Lo hemos visto en el emprendimiento, con compañías chilenas que han salido a competir a la región y al mundo. Y lo vemos cada vez que una startup local intenta resolver un problema real con ambición global.
Jules Rimet no alcanzó a ver el Mundial como lo vemos hoy, con audiencias globales, estadios monumentales, transmisiones en todos los idiomas y generaciones enteras organizando recuerdos alrededor de una pelota. Pero sí tuvo la convicción de iniciar algo.
Y esa es la gran lección. El futuro no lo construyen solo quienes llegan cuando todo está probado. También lo construyen quienes se suman antes, cuando todavía hay preguntas, cuando todavía hay riesgo, cuando todavía hay espacio para aportar.
Invertir en startups no es para todos
Porque es participar en la construcción de empresas que pueden transformar industrias, abrir mercados y crear nuevas formas de resolver problemas ante una clara incertidumbre no es para todos. Es ser parte de historias que todavía se están escribiendo. Es acompañar a emprendedores que están intentando hacer realidad algo que, muchas veces, otros aún no ven.
Porque antes de que el Mundial fuera el Mundial, fue la visión de unos pocos. Y antes de que las empresas del futuro sean evidentes para todos, también necesitarán personas dispuestas a creer primero.
